15 de mayo de 2008

Norma Desmond en el Mercadona

La idea de ir al Mercadona causa en mí un cansancio brutal, pienso en la vuelta con las bolsas clavadas en los dedos, pero hoy como hay que traer dos packs de agua Lanjarón cogemos el coche, otro drama será luego encontrar aparcamiento. Estoy contento por mi descubrimiento del otro día: el pan de pita y la salsa de yogur Hacendado. Tuestas un poco el pan, lo cortas por arriba, le metes lechuga, tomate, queso de esgueva, pollo empanado, todo troceado y lo riegas con la salsa, está buenísimo.
Son las cuatro de la tarde del sábado, bastantes sitios libres en el parking y muy poca gente comprando. Nos vamos directamente al pan, seguimos por la calle de las galletas y al llegar a la zona franca entre la sangría Don Simón, la bifurcación hacía la chacina y el cruce donde se abre el pasillo con los congelados: justo ahí la vemos, en donde hay más luz. Viene con aire despistado a lo Nati Abascal mirando de soslayo a ambos lado del pasillo con la mirada perdida como Norma Desmond bajando la escaleras en "El crepúsculo de los dioses". La escoltan cuatro encargados del Mercadona marcándole las cuatro esquinas, separados de ella con la distancia justa para que ella libremente continue con su paso perdido hacia no se sabe donde. Hace unos ademanes junto a la caja, coge su bolsa, los chicos bajan la mirada y ella con suma indiferencia sale. Junto a nosotros se ha formado una fila de empleados mirando la escena.
-¿Qué ha pasado? - Pregunto.
Nadie responde, no sé si las palabras han salido de mi boca alguna vez porque nadie hace acuse de recibo. Seguimos con la compra. M. me dice que para que pregunté nada. Llegamos a la caja, hay cambio de cajero y uno le susurra al otro algo de una mujer que han tenido que sacar. Justo entonces miro a un muchacho que se pone en la cola detrás de nosotros, me suena la cara. M. me saca de la duda, es el muchacho de Cajasol que nos tiene que firmar la hipoteca, asiento con el gesto. Me entran ganas de preguntarle mil cosas pero es sábado, estamos en el Mercadona, no quiero molestarle. Con una sonrisa y la mirada baja nos dependimos.

Volvemos a casa y por un milagro divino tenemos el mismo sitio para aparcar que dejamos libre: justo delante de casa. ¡Qué suerte!