8 de agosto de 2008

El callejón de los negros



Tuve un accidente que me mantuvo en cama sin poder moverme unos meses con tres fisura en la columna. No tenía televisión, mi único entretenimiento era la lectura y lo que podía ver desde mi ventana. Durante el día la persiana permanecía bajada ya que el sol daba de lleno pero cuando llegaba la noche se abría y me quedaba embobado mirando.

Era un callejón oscuro iluminado únicamente por una pequeña farola. Sólo veía la fachada encalada de enfrente y las sombras de la gente al pasar. El momento cumbre era cuando dos sombras se encontraban y empezaban a hablar, escuchaba atentamente las conversaciones, me entretenía intentando reconocerlas por su voz, casi siempre lo conseguía. Era divertido observar las sombras distorsionadas por el ángulo de la luz y los desniveles de la pared. Según donde se detuvieran el efecto era distinto, podían tener el cuerpo corto y la cabeza enorme como dos cabezudos, era entonces cuando tenían lugar los diálogos más violentos, auténticas discusiones sobre los temas más absurdos. Otras veces pasaba lo contrario, sus cabezas se empequeñecian y su parte baja cobraba más protagonismo, sus diálogos se volvían más picantes, ignorantes que las estaba escuchando contaban sus últimas conquistas. Recuerdo como los brazos se alargaban transformándose en animales fantásticos y se engullian las unas a las otras.

La sombra que más me gustaba observar era la de mi madre sentada en una silla tomando el fresco en la puerta, hablaba con todo el que pasaba que terminaba sentándose con ella en otra silla que precavida ella sacaba. Siempre tenía tema de conversación e inevitablemente por muy trascendental que se pusiera siempre terminaba riendo. Parecía que lo hacía por mí, sabiendo que la estaba escuchando conseguía que las noches pasaran volando en ese verano de sombras.


Para Antonio y sus negros

Fotos de Arriba del Árbol